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| | Malasia y Singapur, de las materias primas a la creación de valor agregado (Fernando Genesir, enviado especial) | |
Malasia y Singapur no paran de crecer. Pero las tasas de crecimiento no son espontáneas ni fruto de la casualidad o del viento de cola que los ayuda a desarrollarse.
Mientras en Argentina se evalúan medidas u objetivos en función de sus ideologías (década del 90 -vs- distribución de la riqueza), aquí los gobiernos hacen. No se demoran en discusiones económicas o políticas.
Los países funcionan prácticamente como empresas. Lo que uno puede ver es que los dos factores (Estado y mercado) están interactuando permanentemente.
Aquí no se cumplen los paradigmas de libertad absoluta ni de control absoluto del Estado. Si el Estado tiene que cumplir un rol empresario, lo cumple. Y, si hay que dejarlo totalmente en manos del sector privado, lo hace.
Son países que no atan su economía a ninguna rigidez ideológica: no toman decisiones pensando si la medida que van a adoptar es de derecha o de izquierda, si es capitalista o socialista. Porque el objetivo final es crecer, aumentar su actividad comercial en el mundo y mejorar su calidad de vida y la de sus habitantes.
Entonces, la riqueza fácil, proveniente de la materia prima (petróleo) o del comercio, está destinada a planificar a 10 ó 15 años. Es decir, aquí ya tienen una idea formada de lo que van a ser en el 2020 o en el 2030. Y a ese objetivo apuntan todas las medidas políticas y económicas. Las metas son consensuadas y no se cambian.
Pero, además, todos los habitantes de estos países, desde el primer ministro hasta un taxista, tienen claro cuál y por qué es el objetivo.
¿De dónde sacan la plata para crecer? La renta primaria que el Gobierno obtiene de los productos básicos (petróleo o aceite de palma) se utiliza para financiar el desarrollo. No es un dinero que se gasta en forma arbitraria.
Se dieron cuenta de que en algún momento la dependencia de los productos básicos se termina, de que los valores de esas materias primas suben y bajan y de que eso no garantiza un derrame en la población.
Entonces, en lugar de distribuir el ingreso por las exportaciones de materias primas (lo que serían las retenciones a la soja en Argentina), en lugar de sentarse tranquilos sobre los barriles de petróleo, invierten esos ingresos en infraestructura para generar inversiones.
Hace varios años se dieron cuenta de que no podían conformarse con vender materias primas y de que la clave en el mundo es tener valor agregado.
Lo han logrado y les va muy bien.
Por Fernando Genesir, enviado especial.